Hace unas semanas, una querida, muy querida amiga mía me relató, con gran detalle y desasosiego, una experiencia harto desagradable que experimentó a la salida de un supermercado.
La escena, al parecer inadvertida por ¿cotidiana? no llamó la atención más que de mi amiga: un hombre insultando y humillando a una mujer.
M (mi amiga) sintió una oleada de sentimientos: coraje, indignación, impotencia, pero hizo lo que casi ninguna persona nos atrevemos a hacer: buscó a una autoridad para que, desde su investidura, parara la agresión y procediera contra el agresor.
Excelente acción ciudadana... que no tuvo eco. No, el oficial no hizo nada, la gente que vio lo que sucedió tampoco hizo nada.
M no sólo estaba enojada, sino totalmente descorazonada. Me compartió su sentir y a partir de ello, empecé a preguntarme ¿hago yo algo cuando veo una situación similar? Respondí que no, ya no lo hago. ¿Por qué? por seguridad personal, por desilusión, por prisa, por hartazgo...
No pude evitar sentirme igual de descorazonada que M. Pensé que a esta ciudad, amadísima, no sólo la cubren los humos de los automotores o del tabaco; no sólo flota sobre ella la nube de partículas contaminantes y materia fecal; la cubre un humo muy denso, que parece indiferencia.
¿Será que perdimos la sensación de grupo? Somos demasiadas/os quizá. ¿Será que el cansancio, el agobio, el miedo, son tan grandes que nos impiden ver al otro/a?
¿Qué nos pasó?
Humos de violencia, tóxicos, letales, nos nublan la mirada, el pensamiento, el corazón.
Necesitamos una racha de vientos de organización.
