Dicen que encarnar duele.
A mi no me duele el cuerpo, me duele la posibilidad de su dolencia.
Dicen que antes de ser cuerpo los espíritus libres pactan encuentros de carne en el bajo mundo de sensaciones al que se llega cuando la divinidad se cubre de piel.
Dicen que aterrizar significa, finalmente, aceptar los límites de la forma latiente, que se calienta y emana; que se enfría y guarda.
Dicen, dicen, dicen; yo no escucho. Niego y reniego, aunque en compañía acepto lo que en soledad presiento.
Yo no conozco límites, si acaso uno que otro muro; algunos tropezones, algunas caídas y nunca más allá del infierno.
Tanta suerte raya en lo bendito; tanta luz raya en lo oscuro, en lo negro que todo contiene.
A mí no me duele el cuerpo, pero abrazo hasta la asfixia
el miedo que detiene
el amor que abandona
la sensación que me quita lo divina
el aterrizaje que solidifica.
Abrazo con llanto los límites que configuran mi cuerpo.
Silvia Elena Llaguno
